La Vida de la Santísima Virgen María

Estos testimonios se basan en las revelaciones privadas hechas a Santa Isabel de Schönau (1129 – 1164), Santa Brígida de Suecia (1307 – 1373), a la venerable Sor María de Agreda (1774 – 1824) y a la Santa Ana Katerina Emmerich (1774 – 1824).

Los padres de María.
padresMaria

“No eres digno de presentar tus ofrendas en el templo, por cuanto no has entregado vástago alguno a Israel”.
Con éste ofensivo argumento el Escriba Rubén, el año 15 a.C., impidió el paso al templo donde se dirigía a orar, a Joaquín, padre de María.
Joaquín era casado con Ana, hija de esenios, que ya de edad, no había podido tener hijos. La esterilidad era en ese tiempo, un signo del castigo de Dios.
Después del rechazo a su marido para entrar en el Templo, Ana se vistió de saco con ceniza, manifestando así, su penosa situación y para pedir un hijo a Dios. Orando en el jardín y viendo los nidos de los pájaros con sus polluelos, suplicó:
“Oh Dios de nuestros padres, óyeme y bendíceme de la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac”.
Las humildes súplicas de Joaquín y Ana obtuvieron la respuesta de Dios por intermedio de un ángel, que se les apareció a ambos y les anunció que Ana iba a concebir y a dar a luz a una niña a la cual todo el mundo adoraría, pero esta niña que Ana tendría, no sería hija de Joaquín, sino por medio de él sería fruto de Dios y sería la culminación de la bendición dada a Abraham.
Cuando Ana y Joaquín se abrazaron con alegría por la maravillosa noticia, cayeron en éxtasis. Fue en ese instante que María fue concebida sin el pecado original.
Se le cumplió a Ana su tiempo y al noveno mes dio a luz. Cuando supo que había nacido una niña, exclamó: “Hoy, mi alma ha sido enaltecida, mi hija se llamará María”.

La niñez de María.
virgen ninaMaría tenía tres años y tres meses, cuando hizo el voto de presentación en el templo, durante el solemne examen, la niña respondió admirablemente a las preguntas de los sacerdotes. Frente al altar, sobre las gradas, estaban sentados Joaquín y Ana, junto a sus parientes. Después de la ceremonia, María fue la última que fue bendecida por los sacerdotes y entregada a sus padres. Ellos se despidieron y María, con otras niñas consagradas, quedó viviendo en el recinto del templo, cuidada por sus madrinas. Las niñas se dedicaban a la oración y a realizar trabajos manuales. Cuando María tenía 14 años se decidió que tenía la edad apropiada y debía salir pronto para casarse. Ella pidió al sacerdote que no la casaran, para no abandonar el Templo, pero le contestaron que debía aceptar algún esposo. Luego se enviaron mensajeros a todas las regiones del país, convocando al Templo a todos los hombres de la raza de David que eran solteros. Cuando todos se encontraron reunidos en traje de fiesta, les fueron presentados a las niñas, sus posibles futuros esposos.

Cuando terminó la ceremonia, ninguno de ellos había sido designado para ser esposo de aquella virgen.

Revisando nuevamente los registros, por si quedaba algún descendiente de la familia de David, supieron de la existencia de seis hermanos que habitaban en Belén, uno de los cuales no estaba ubicable, porque andaba ausente desde hacía tiempo. Buscaron a José y lo encontraron en un lugar cerca de un riachuelo donde trabajaba a las órdenes de un carpintero.
Obedeciendo las órdenes del Sumo Sacerdote, José fue a Jerusalén y se presentó en el Templo. Mientras oraban y ofrecían sacrificios, le pusieron una vara en las manos. En el momento que él se disponía a dejarla sobre el altar, brotó de la vara una flor blanca. Así se supo que éste era el hombre designado por Dios para prometido de María. Los sacerdotes le presentaron a María en presencia de su madre.
En prevención del futuro casamiento, Ana había preparado la casita de Nazaret, para María y José. En la parte posterior estaba el dormitorio de María. Allí tuvo lugar la Anunciación del Ángel.

La Anunciación del Ángel Gabriel

anunciacion murilloEl Ángel Gabriel se presentó ante la Virgen y le dijo: ”Alégrate, llena de gracia; el Señor está contigo”.

María quedó muy conmovida por lo que veía, y se preguntaba qué querría decir ese saludo.
El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Vas a quedar embarazada y darás a luz a un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y con razón lo llamarán Hijo del Altísimo. Dios le dará el trono de David, su antepasado. Gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás”.
María entonces dijo al ángel: “¿Cómo podré ser madre si no tengo relación con ningún hombre?”
El ángel contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso tu hijo será Santo y con razón lo llamarán Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel; en su vejez ha quedado esperando un hijo y la que no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes de embarazo. Para Dios nada es imposible”.
Dijo María: “Yo soy la servidora del Señor; hágase en mí lo que has dicho”.

 
María visita a su prima Isabel, la madre de Juan Bautista

Por esos días, María partió a una ciudad ubicada en los Cerros de Judá donde vivía su prima. Entró a la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír ella su saludo, el niño en su vientre, dio un salto, reconociendo en el de María, al Hijo de Dios. Isabel se llenó del Espirito Santo y exclamó: “Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”.

 Nacimiento de Jesús

El Emperador romano, Augusto, dictó una ley que ordenaba hacer un censo en todo el imperio. Este primer censo se hizo cuando Cirino (5 o 6 años a. C.), era Gobernador de Siria. (Este dato nos demuestra que Jesús nació 6 años antes de lo que indica nuestro calendario).
Todos debían ir a censarse a sus respectivas ciudades natales. Como José era descendiente de David, salió de Nazaret de Galilea y subió a Judea, a la ciudad llamada Belén. Cuando estuvieron allí, le llegó a María el día en que debía dar a luz a su hijo, una vez nacido el niño, lo envolvió en pañales y lo acostó en una pesebrera, porque debido a que mucha gente había llegado a Belén debido al censo, no había lugar para ellos en ninguna posada. Al octavo día circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de JESÚS.
Una vez que cumplieron con la Ley del Señor, un ángel se apareció a José y le dijo que debía huir a Egipto, junto a María y el Niño porque el Rey Herodes, sabiendo que había nacido en Belén un nuevo rey, mandaría a matar a todos los niños entre recién nacidos y dos años, en Belén y sus alrededores. Entonces, la Sagrada Familia se refugió en Egipto. Después de la muerte de Herodes volvieron a Nazaret.
José y María iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de Pascua. El niño Jesús, que ya tenía 12 años de edad, también iba con ellos.
Al terminar las festividades, volvieron hacia Nazaret. Habían caminado un día, pensando que el niño iba con el grupo de los parientes y amigos, pero no era así. Volvieron a Jerusalén y lo buscaron durante tres días. Finalmente lo encontraron en el templo en medio de los sacerdotes, que estaban asombrados de la sabiduría de la que hacía gala el niño de tan cortos años.
Después de la muerte de Jesús, desde el año 33 al 36, María vivió acompañada de San Juan, en Jerusalén. Del año 36 al 39 habitan en Betania y del 39 al 48 en Éfeso. El año 48 a los 63 años de edad, María muere.

 Muerte de María
MuertedeMariaLa mañana del día de su partida, la Madre de Dios convocó a los apóstoles y a las santas mujeres al Cenáculo. La Virgen se arrodilló, besó los pies de Pedro y tuvo una emotiva despedida con cada uno de los once, pidiéndoles su bendición. A Juan agradeció con especial afecto por todos los cuidados que había tenido con ella. Después de un rato de recogimiento, la Virgen se dirigió a los presentes:
“Carísimos hijos míos, siempre los he tenido en mi alma y escritos en mi corazón”.
Las palabras de despedida de María causaron honda pena a los presentes. La dulcísima María lloró con ellos y les pidió que orasen en silencio.
En esa quietud descendió del Cielo el Verbo humanado en un trono de inefable gloria y con cariñosas palabras invitó a su Madre a venir con Él.
“Madre mía carísima, a quien Yo escogí para mi habitación, ya ha llegado la hora en que has de pasar de la vida mortal del mundo, a la gloria de mi Padre y de la mía, donde tienes preparado el asiento a mi diestra, que gozarás por toda la eternidad. Si no quieres pasar por la muerte, ven conmigo, para que participes de mi gloria, que tienes merecida”.
Jesús quería llevarse a su Madre viva, pero ella, con humildad, siente que no puede pasar menos penurias que su Hijo. Se postró ante su Hijo e Hijo de Dios y con alegre semblante le respondió:
“Hijo y Señor mío, yo os suplico que vuestra Madre y sierva, entre en la vida eterna por la puerta común de la muerte natural, como los demás hijos de Adán. Vos, que sois mi verdadero Dios, la padecisteis sin tener la obligación, justo es que como yo he procurado seguiros en la vida, os acompañe también en morir.”
Cristo aprobó este último sacrificio de su Madre y dijo que se cumpliese lo que ella deseaba.
Al entonar los ángeles la música, se reclinó María en su lecho, puestas las manos juntas sobre su pecho con los ojos fijos en su Hijo Santísimo y todo enardecido en la llama de su divino amor. Las fuerzas que se le iban eran reemplazadas por una fuerza de Amor. En esa entrega de Amor, sucede la dormición de la Madre de Dios: sin esfuerzo alguno, su alma abandona el cuerpo y María queda como dormida. Los apóstoles y discípulos no sabían qué hacer con ella, pues había una barrera luminosa que impedía que se acercaran, mucho menos, que la tocaran.
La luz radiante que despedía, impedía ver el cuerpo de la Santísima Virgen. Pedro y Juan toman cada lado del manto sobre el cual estaba reclinada y levantan el cuerpo de María, dándose cuenta que era mucho más liviano de lo esperado. Así lo colocaron en un ataúd. El resplandor traspasaba la caja.
Casi todo Jerusalén acompaño el cortejo fúnebre, tanto judíos como gentiles.
Llegaron al sitio donde estaba preparado el privilegiado sepulcro de la Madre de Dios, Pedro y Juan, sacaron el liviano cuerpo del féretro y con la misma facilidad y reverencia, lo colocaron en el sepulcro. Cubrieron el cuerpo con el manto y cerraron el sepulcro con una losa, conforme a la costumbre de aquellos tiempos.
Los apóstoles, los discípulos y las santas mujeres oraban con mucho fervor, con mucha confianza, con mucho amor. Pero la Santa Virgen no estaba allí: estaba con Jesús en el Cielo, ya que inmediatamente después de la dormición, Jesús tomó el alma purísima de su Madre para presentarla al Padre.
“Eterno Padre mío, mi amantísima Madre, vuestra Hija, Esposa querida y regalada del Espirito Santo, viene a recibir la posesión eterna de la corona y gloria, que para premio de sus méritos le tenemos preparada.
Al tercer día que el alma de la Santísima Madre gozaba de esta gloria, Jesús manifestó a los santos su voluntad divina de que Ella volviese al mundo y resucitase su sagrado cuerpo y alma para quedarse para siempre a la diestra de su Hijo, sin esperar la resurrección de los muertos.
Con éstas dotes salió en cuerpo y alma del sepulcro María Santísima, extremadamente radiante, gloriosamente vestida y llena de una belleza indescriptible, sin que se removiera, ni levantara, la piedra con que estaba cerrado el sepulcro.
En la mañana de la Asunción estaban Pedro y Juan decidiendo si abrir o no el sepulcro. En eso llegó Tomás de Oriente. Al informársele que María había dejado este mundo, Tomás en medio de llantos, suplicaba que le permitieran ver por última vez, a la Madre de su Señor. Pedro y Juan, con gran veneración, procedieron a retirar la piedra. Entraron. Ella ya no estaba en el sepulcro.
 

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Sepp Michaeli O.
Autor del estudio
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